
"Tiene todos los rasgos de un príncipe, pero...yo no quiero ser su Blancanieves o su Cenicienta; porque a las doce se acaba el cuento y yo...sigo sin zapato. "
Perdida
Hace poco terminé con algo que sólo conseguía hacerme daño. Llamémosle O.
O es alocado, divertido, atrevido, inmaduro, mujeriego, golfo y todos esos adjetivos que se le puedan poner a un chico que consigue, de un día para otro, desmontarte todos tus esquemas sin avisarte. O tiene unos ojos azules que me pierden, una mirada como esas que ya no recordaba y una sonrisa que conseguiría atraer hasta al propio enemigo. Siempre sonríe y todo le parece perfecto. Me mira y siento que sabe qué pienso…y le encanta. Le gustan mis enfados, mis malas contestaciones. Le encanta verme, aunque sea enfadada, que es cuando deduzco que más disfruta, a juzgar por su sonrisa picarona.
Le conozco desde hace un año aproximadamente y ha sido, sin querer, esa persona que llegó precisamente cuando acababa de prometerme que nunca más me tomarían el pelo. Me enamoré. Perdidamente, además. Se fijó en mi mucho antes de que yo reparara en su existencia y, tras unas miradas y una conversación, pensé que era el ser más maravilloso sobre la faz de la tierra. Le brillaban los ojos al mirarme y eso me parecía tan perfecto que no reparé en nada más. Y erré. Erré mucho.
O fue…cómo denominarlo…? La palabra más acertada sería “lío”, aunque eso puedo decirlo hoy. Por aquel entonces no pensé lo mismo.
La verdad es que tener un “lío” supongo que me hizo sentirme renovada, bien conmigo misma y con el mundo, deseada…atractiva. Me encantaba pasar por delante y sentir como su mirada analizaba todos y cada uno de los centímetros de mi piel, siguiendo el contorneo de mis caderas al mismo ton, al mismo son. Me gustaba cuando me miraba y todo dejaba de existir alrededor, cuando me besaba, cuando todo parecía perfecto.
Me atraía él, la situación, todo. Estaba enamorada como hacía tiempo había dejado de estar.
Un día decidí que aquello no podía seguir así. Llegó el día en el que yo solo lloraba y lloraba sobre el diván de mi propia vida y él ni tan siquiera estaba por la labor de pretender hacer algo al respecto. Estaba ocupado en otras cosas, como en otra chica, por ejemplo. Él mismo se encargó de, al poco tiempo, hacérmelo saber. Qué bonito es cuando te recuerdan que el mundo no está hecho para las tontas!
Así que, mientras yo lloraba y le maldecía a pocos metros de su casa, él reía de todo esto, con ella entre sus brazos.
Decidí mantener el mínimo contacto posible o cortarlo de raíz. Era lo mejor. Él, como buen mujeriego, pretendía mantenerlo, seguir con todo esto, como si una se acabara de caer del guindo.
Compartimos lugar de estudio, así que sabía que tarde o temprano le encontraría. Y así fue. Aquello no es tan grande; y más cuando mi mundo parece ser tan diminuto.
Decidí dejar de sentir para dar paso al sentido común y me puse varios puntos y finales que acabaron siendo, en todo esto, puntos suspensivos.
En medio de tanto suspensivo suelto aparece algo que, teniéndolo delante todo este tiempo, ni siquiera me llamó la atención: mi compañero D.
D es serio, responsable, con miras al futuro, un trabajo de semana y otro de sábados, donde coincidimos. D es inteligente, simpático, respetuoso, caballero, con las ideas claras, humilde, tiene cara de bueno y, además, lo es. La vida no le trató muy bien, así que supongo que aprendió a sacarse las castañas del fuego antes de tiempo. Y eso le hace interesante. Vive enfocado a ser un gran profesional de aquello por lo que estudió, cosa que es de admirar, pero parece que su mundo solo gire en torno a ello.
D es de esas personas que antes de tomarse un café te ofrece uno. De los que antes de pasar, abre la puerta y deja que pases tú primero. Forma parte de ese grupo de personas que están dispuestos a agradarte, pero no a cualquier precio: si hace las cosas las hace bien.
Así que todo está medido, hasta los milímetros de mi iris, que tanto admira. Los gestos, las miradas, las palabras. Nunca deja que nada escape de su control. Y cuando algo lo hace, tiene miedo y se prepara para salir corriendo.
Siempre ha formado parte de la curiosa lista de pretendientes que mi propio exjefe tiene para mí. Y a mí no me disgusta, la verdad.
D y yo hemos pasado de una relación cordial a una amistad, y de la amistad al amor a veces hay solo un paso de pulga. Pues bien, D ese paso de pulga ya lo tenía superado desde hace mucho. No es la primera vez que se interesa por mi vida amorosa, por si acabo con O o sigo dándole vueltas al coco sin dejar paso a nadie más. Tampoco es la primera vez que sus propios amigos o el mismísimo jefe tratan de emparejarnos, mientras él les dice que nos dejen tranquilos, entre miradas y nervios en su estado más puro, mientras a mi está a punto de darme uno de esos ataques de nervios al puro estilo quinceañera y exploto a reír de una forma patéticamente cursi.
Mi madre dice que esas cosas se notan. Y empiezo a pensar que en realidad no se equivoca en todo. Las madres jamás se equivocan. Es algo que aprendí a la fuerza, con la vida.
Ando liada con mi propia vida. Creo q necesito contarle a mis subconsciente que no hay que temer a todas las novedades que se avecinan en mi vida. Dios! Olvidé que mi subconsciente no sé siquiera dónde lo dejé…en fin, da igual, empecemos.
Me llamo X, tengo 22 años, estudio gestión de no sé qué y soy casi diplomada en ello. Trabajo a tiempo parcial en una gran empresa dedicada, en su mayoría, a la moda y creo que es lo que menos esperaba en mi vida: que me preguntaran “profesión?” y tener que decir “dependienta” . Odio que nos llamen dependientas. Bueno, la verdad es que no diré que odio mi trabajo porque mentiría rotundamente, aunque odio tener que sonreír en momentos tristes porque así lo marque el manual de buenos modales aplicados a la atención al público, aunque yo le llamo manual de cómo hacerse la tonta sin llegar a serlo (cosa difícil para algunas, lo reconozco).
Soy de esas personas que creen que la vida es maravillosa hasta que se demuestre lo contrario, que sonríen traspasando los muros del desasosiego, de la tristeza o incluso del desamor. De esas personas que ordenan a su ser querido que sonría, porque no hay mejor terapia, cuando ella misma se olvida de sonreírse frente al espejo. De esas personas que, cuando verdaderamente están tristes, se nota.
Tengo un blog, en el que me hago llamar Perdida. Lo creé por necesidad de expresarme, como una terapia, como una forma de leer mis propios pensamientos. La verdad es que en él me siento cómoda, porque es como abrir las puertas de mi casa a todo el mundo y eso, ya de por sí, me parece genial, aunque me haya traído más de un quebradero de cabeza y algún que otro “casi descubrimiento” de mi verdadera identidad, cosa que me asusta.
Conservo mi anonimato y ni siquiera sé muy bien por qué. Supongo que me hace libre. Y me gusta.
A mis 22 años sólo me he enamorado un par de veces y ambas fueron maravillosas mientras duraron, aunque duraron poco. Soy una sentimental. Tanto que a veces me resulto insoportable. Será la poca costumbre de auto soportarme. No lo sé.
La vida me la juega de vez en cuando, sobretodo en el terreno amoroso. Aunque, como todo, supongo que yo también influí de algún modo, a que todo pintase así y acabara sonando a punto y final. Es posible.
Mi madre dice que soy demasiado tonta como para saber llevar una relación a buen puerto, aunque en realidad quiere decir demasiado ñoña. Y tiene razón. Aunque eso viene de serie, no lo puedo evitar. Ni quiero.
Mi madre es de esas personas que creen que todo es mucho más fácil de lo que yo lo hago, de esas personas que no ven paredes donde no las hay, que se olvidan de vez en cuando de los sentimientos flotantes en el aire para dejar los pies en el suelo y bajar de esa nube de un golpe seco y certero contra el suelo. Mi padre, en cambio, es de esas personas que creen que todo es estupendo, sobre todo el mundo de los sentimientos. Si, un hombre sentimental. De todo hay en la viña del señor…
Mi padre siempre trata de darle la vuelta a la tortilla del mismo lado, sin que nada cambie pero, a la vez, cambie todo. Trata de hacerme sonreír dulcemente con sus charlas sobre cómo salir de mis propios embudos amorosos. Y, la verdad, me entiende mejor que yo misma.
Me hacen sentir bien ambos, porque son dispares completamente. Y, si algo tienen claro, es que merezco ser feliz y dejarme de bobadas. Ojalá yo lo tuviera tan claro!
Me encanta agobiarme por eso que mi madre llama tonterías, como el azul del cielo o las nubes en mi tejado. Algunos dicen que estoy loca, porque pienso tanto en las cosas que le doy mil vueltas para acabar en el mismo punto de partida. Yo prefiero pensar que soy alocadamente cuerda. Queda mejor, aunque sigo en mi nube.
(continuará...)
Hay días en los que me replanteo el sentido de seguir aquí, sentada, esperando que pase algo que no llegará. Me replanteo el sentido mismo de estos pensamientos que no saben dónde van o mis propios sentimientos, que andan de aquí para allá, buscando no sé qué cosa que parece hablar de brillo en la mirada y sonrisas dibujadas.
Hoy es otro de esos días, como ayer, como hace tantas jornadas tachadas en mi calendario. Y ni siquiera sé por qué. Pretendo adivinar el resultado de este acertijo que, al parecer, yo misma creé un día y del que tiré el papelito con las soluciones.
Hoy soy feliz, planeando tiempos, cuadrando horarios de trabajo con estudios, pensando en nuevas salidas para mi vida, ahogándome con el tiempo, restándole importancia al “resistiré?”. Hoy supongo que me siento con esas fuerzas que escasean para otras cosas importantes, llamadas tú.
Hoy hablo de lo maravilloso que pinta todo, aunque por dentro tiemble, asustada por no saber hacer frente a todo, sin dejarme nada por el camino. Hoy hablo de miedos. De mi miedo a comenzar algo, a comenzarlo todo.
Cierro los ojos, recordando todas las situaciones incómodas por las que esta vida caprichosa nos hizo pasar. Río. No sabes cómo río…me río de mí, D, porque ni siquiera sé por qué estamos aquí, sin avance ninguno, con miles de miradas cómplices y un instante que lo dice todo sin mediar palabra. No sé por qué la vida se empeña en ponérmelo tan difícil, en incluir obstáculos que no sé si estoy dispuesta a intentar saltar. Como la distancia, como nuestras obligaciones, como yo, como tú.
Hoy te hablo de que el miedo me paraliza en situaciones extremas. Te digo que no soy capaz de mediar palabra o actuar en consecuencia cuando algo que me asusta me sucede. Hoy….hoy me ves paralizada, con la mirada fija en un punto y la mente vagando en dicotomías. Hoy tengo miedo. Tengo miedo, si. La chica que parece tan valiente se permite el lujo de ser cobarde de vez en cuando.
Tengo miedo a enamorarme sin remedio. Tengo miedo al llanto. Tengo miedo a la distancia. Tengo miedo al tiempo, que no cesa de correr en mi reloj, sin provocar cambio alguno. Tengo miedo a no saber muy bien qué querer. Tengo miedo a dañarte, porque me sentiría hundida sin retorno. Tengo miedo a hacerme daño, no pudiendo hacer absolutamente nada al respecto del “tú y yo” que no veo el momento de llegar. Tengo miedo de equivocarme, si. No soy tan acertada siempre…
Tengo miedo porque dos días trabajamos juntos y nuestro alrededor nos lo pone tan difícil…y temo por perder mi puesto de trabajo y tú por perder el tuyo. Sabemos que ocurriría, y no nos conviene. Y yo ni siquiera sé si quiero arriesgarme o dejar el tiempo volar en las agujas de mi reloj. Quizá cuando me decida sea tarde. Ni lo sé.
Tiemblo cada segundo que mi mente vaga por no decir jamás aquello que siento, que debería decir en algún momento a solas, en algún cruce de miradas, en una de esas llamadas nocturnas, en uno de tantos instantes en que la vida me sigue poniendo a prueba. Y tengo miedo. Me siento pequeña por un instante y la vida, si le dejo, aprovechará para pisarme sin contemplaciones.
Y es que la puerta al amor la dejé cerrada tiempo atrás y ni siquiera sé donde está la llave de ese maldito candado…
Un secreto. Mil confesiones.Dos palabras: Sentir, Vivir