Podría dedicarme a hacer balance del 2009. Podría y, además, lo haría bien, teniendo en cuenta que mi rama es la económica, pero…no lo voy a hacer. Hoy no.
Tengo propósitos para el nuevo año, como todo hijo de vecino, supongo. Pero ni son ir al gimnasio para decirles adiós a mis michelines, ni dejar de fumar, ni, por supuesto, abandonar mi peculiar estilo estresante de vida, aunque reconozco que no estaría del todo mal.
Lo llevo bien, aunque a veces parezca que, de un momento a otro, mi mundo esté al borde. Al borde del derrumbamiento, al borde del límite de mi paciencia o, cuanto menos, al borde de mí misma, que es mucho borde.
Acabé el pasado año riendo, que es la mejor forma de terminar algo: riendo de todo ello. Miro atrás y siento que todo lo malo quedó lejos, tan lejos que ya casi ni me afecta y que lo bueno lo dejé en el frasquito de fragancia para las buenas ocasiones…y me siento bien, porque hoy lo huelo y lo disfruto. Mañana ya veremos.
Las buenas sensaciones se apoderan a cada segundo de mi, a veces, extraña vida. Respiro aire puro, siento que nada me puede afectar ya y que todo lo que lo hizo, quedó atrás, aunque se empeñe en volver, el pasado ya no existe. Todo lo que él trae de cola, tampoco.
En un año he aprendido a vivir, a sonreír, a llorar como si del último día de mi mundo se tratase, a parar cuando tenga que hacerlo, a saltar al cielo cuando quiera y ser capaz de volver sana y salva, aunque el salto sea grande y el golpe duro.
Porque de golpes también sé, de paredes, de muros donde chocar cuando es o no necesario para volver a la realidad que todos viven y que yo, a veces, no soy capaz de vivir y lo hago paralelamente en una mucho más rosada. Y es que si a algo aprendí este año es a soñar con los pies en el suelo, aunque a veces duela. Aprendí a enamorarme de la vida aunque a veces duela, como dice la canción. Y eso que la vida no siempre me trata todo lo bien que quisiera o mereciera. Me enamoré de la vida y ella ni siquiera sé si se fijó en mí. Pero no me importa, también aprendí a enamorarme aunque duela. Y es que, como todo, hasta de los golpes se aprende algo. De estos, como de otros, aprendí a soñar, a volar y sobre todo a abrir los ojos cuando sea necesario. Aprendí que las paredes, los muros, las barreras desaparecen a mi antojo, solo cuando sea lo suficientemente fuerte para hacerlas desaparecer. Y hoy lo soy o, al menos, así me siento.
Aprendí a gritar sin emitir sonido alguno, a abofetear la más bonita cara con sólo una mirada, a hundir egocentrismos con sólo un par de palabras o, incluso, con una sola. Aprendí a quererme un poco más y matarme un poco menos. A ser feliz, con todo lo que ello conlleva. Aprendí que uno puede con todo lo que quiera poder y mucho más, aunque creía que nunca sería capaz de resistir tanto y cuanto…aprendí que, si querer es poder, puedo mucho. Hoy puedo mucho. Y me siento bien.

Un año en que lloré tanto como para escocerme los ojos por no quedarme lágrimas en ellos para expulsar, pero la vida me dio una tregua, solo una: la aproveché rápido. Ha sido un año en que he reído hasta dolerme la barriga, como cuando era niña. He disfrutado como la niña que llevo dentro, como la que he descubierto que le gusta a algún despistado.
Me sorprendí enamorándome de nuevo, y precisamente de un despiste con patas, de una casualidad al cuadrado o, quizá, del tipo que siempre me hizo gracia. Y parece que empiezo el año con buen pie y la vida en ello también me brinda la mano…me asusta la equivocación, pero me suscita demasiada intriga como para dejarle ir…y es que hay tantas cosas que podría dejar ir…que quisiera hacer desaparecer…pero , como todo, es cuestión de tiempo, porque las ganas me desbordan.
Jugué con unos sentimientos que antes habían jugado conmigo, aunque no jugué tanto como hubiera sido necesario. Y es que aprendí que en la vida, como en muchas otras cosas, quien la hace la paga. Descubrí que mis sentimientos están demasiado heridos como para que los pisoteen. Y puse fin a los juegos, a los “ahora si ahora no”, a todo aquello que no me llevaría a ningún lado.
He aprendido que la gente no es todo lo buena que parece ni todo lo asquerosamente sincera que dicen ser, pero que yo sí lo soy, o al menos, lo intento. Y se me da bien.
He aprendido a quererme un poquito más y odiarme bastante menos. Y eso, como todo esto que llevo contando desde hace un ratito, es estupendo.
Creo que, teniendo en cuenta todo esto, ya tengo mucho adelantado de 2010. Y sonrío satisfecha. Se puede pedir más?
Tengo propósitos para el nuevo año, como todo hijo de vecino, supongo. Pero ni son ir al gimnasio para decirles adiós a mis michelines, ni dejar de fumar, ni, por supuesto, abandonar mi peculiar estilo estresante de vida, aunque reconozco que no estaría del todo mal.
Lo llevo bien, aunque a veces parezca que, de un momento a otro, mi mundo esté al borde. Al borde del derrumbamiento, al borde del límite de mi paciencia o, cuanto menos, al borde de mí misma, que es mucho borde.
Acabé el pasado año riendo, que es la mejor forma de terminar algo: riendo de todo ello. Miro atrás y siento que todo lo malo quedó lejos, tan lejos que ya casi ni me afecta y que lo bueno lo dejé en el frasquito de fragancia para las buenas ocasiones…y me siento bien, porque hoy lo huelo y lo disfruto. Mañana ya veremos.
Las buenas sensaciones se apoderan a cada segundo de mi, a veces, extraña vida. Respiro aire puro, siento que nada me puede afectar ya y que todo lo que lo hizo, quedó atrás, aunque se empeñe en volver, el pasado ya no existe. Todo lo que él trae de cola, tampoco.
En un año he aprendido a vivir, a sonreír, a llorar como si del último día de mi mundo se tratase, a parar cuando tenga que hacerlo, a saltar al cielo cuando quiera y ser capaz de volver sana y salva, aunque el salto sea grande y el golpe duro.
Porque de golpes también sé, de paredes, de muros donde chocar cuando es o no necesario para volver a la realidad que todos viven y que yo, a veces, no soy capaz de vivir y lo hago paralelamente en una mucho más rosada. Y es que si a algo aprendí este año es a soñar con los pies en el suelo, aunque a veces duela. Aprendí a enamorarme de la vida aunque a veces duela, como dice la canción. Y eso que la vida no siempre me trata todo lo bien que quisiera o mereciera. Me enamoré de la vida y ella ni siquiera sé si se fijó en mí. Pero no me importa, también aprendí a enamorarme aunque duela. Y es que, como todo, hasta de los golpes se aprende algo. De estos, como de otros, aprendí a soñar, a volar y sobre todo a abrir los ojos cuando sea necesario. Aprendí que las paredes, los muros, las barreras desaparecen a mi antojo, solo cuando sea lo suficientemente fuerte para hacerlas desaparecer. Y hoy lo soy o, al menos, así me siento.
Aprendí a gritar sin emitir sonido alguno, a abofetear la más bonita cara con sólo una mirada, a hundir egocentrismos con sólo un par de palabras o, incluso, con una sola. Aprendí a quererme un poco más y matarme un poco menos. A ser feliz, con todo lo que ello conlleva. Aprendí que uno puede con todo lo que quiera poder y mucho más, aunque creía que nunca sería capaz de resistir tanto y cuanto…aprendí que, si querer es poder, puedo mucho. Hoy puedo mucho. Y me siento bien.

Un año en que lloré tanto como para escocerme los ojos por no quedarme lágrimas en ellos para expulsar, pero la vida me dio una tregua, solo una: la aproveché rápido. Ha sido un año en que he reído hasta dolerme la barriga, como cuando era niña. He disfrutado como la niña que llevo dentro, como la que he descubierto que le gusta a algún despistado.
Me sorprendí enamorándome de nuevo, y precisamente de un despiste con patas, de una casualidad al cuadrado o, quizá, del tipo que siempre me hizo gracia. Y parece que empiezo el año con buen pie y la vida en ello también me brinda la mano…me asusta la equivocación, pero me suscita demasiada intriga como para dejarle ir…y es que hay tantas cosas que podría dejar ir…que quisiera hacer desaparecer…pero , como todo, es cuestión de tiempo, porque las ganas me desbordan.
Jugué con unos sentimientos que antes habían jugado conmigo, aunque no jugué tanto como hubiera sido necesario. Y es que aprendí que en la vida, como en muchas otras cosas, quien la hace la paga. Descubrí que mis sentimientos están demasiado heridos como para que los pisoteen. Y puse fin a los juegos, a los “ahora si ahora no”, a todo aquello que no me llevaría a ningún lado.
He aprendido que la gente no es todo lo buena que parece ni todo lo asquerosamente sincera que dicen ser, pero que yo sí lo soy, o al menos, lo intento. Y se me da bien.
He aprendido a quererme un poquito más y odiarme bastante menos. Y eso, como todo esto que llevo contando desde hace un ratito, es estupendo.
Creo que, teniendo en cuenta todo esto, ya tengo mucho adelantado de 2010. Y sonrío satisfecha. Se puede pedir más?

8 comentarios:
hola guapa, me gusta mucho tu blog. Te invito a pasar por mi blog. Tengo varios, pero concretamente me gustaria que entraras en este:
http://ungranmundodefantasia.blogspot.com/
besos. y te sigo leyendo!
Tienes toda la razón: la mejor forma de terminar algo es riendose de todo ello.. Asi que, sonríe Perdi! :).. Que con todo lo que aprendiste el año pasado, el 2010 pinta muy bien! ;)
Feliz año! Un beso! :)
Hola Perdida.
Feliz año nuevo!!! Te deseo lo mejor para este año que empieza y te envío un abrazo enorme. Se te echa de menos.
Un besote.
εїз
Da gusto leer algo optimista en los tiempos que corren.
Besos.
Yo he optado a lo mismo que tú: dejarme de balances de los años pasados y quedarme con lo aprendido, para que este nuevo año no me pase lo mismo.
Muy feliz año 2010!!
Saludos!
Pues ea! Que este nuevo año sirva para que el optimismo reine y que el cielo se cubra lo menos posible.
Besotes!
Me ha encantado este post, es genial, positivismo puro.
Da gusto leerte.
Un beso
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